¡Cierren la reja! -gritaba la maestra de preescolar mientras corría detrás de mí. Para ser un pequeño regordete de cuatro años, era bastante rápido, y más cuando se trataba de escapar de Alcatraz. Al ver la reja cerrada no tuve más opción que seguir corriendo para evitar ser capturado por las maestras que se habían unido a la persecución, me sentía en una película de Indiana Jones; mi último recurso fue correr hacia la malla ciclónica que rodeaba el kinder y comenzar a escalar. Justo cuando ya iba a la mitad de mi escalada fui capturado por una de las celadoras… perdón, maestras. Mi padre, quien presenció toda la escena desde el otro lado de la cerca, no tuvo más remedio que regresar al kinder y llevarse a su fugitivo a casa.
Nunca olvidaré el regreso a casa, con toda la paciencia del mundo mi mamá me dijo: -Está bien, no vas a ir al kinder, pero vas a aprender a leer y a escribir aquí en la casa. La rutina del hogar que siguió a ese incidente fue excepcional, no había que levantarse temprano, se desayunaba rico y sin prisas, y lo mejor, las clases eran cortas y divertidas. En pocos meses ya sabía leer, escribir, sumar y restar; la vida era bella.
Pero no todo puede ser miel sobre hojuelas, llegó la fecha del inicio del nuevo ciclo escolar y eso despertó el lado oscuro de mi mamá, se le metió la idea de que era tiempo de inscribirme en la primaria. El día llegó y mi mamá me despertó con las malas noticias, -Date prisa, tenemos que irnos a inscribirte a la escuela. Considerando mi alto nivel académico, tuve la osadía de responderle -No necesito ir, ya sé leer, y además, no me puedes llevar cargando, estás enferma. 😱 Nooo! Nunca hubiera dicho esas palabras, mi madre salió de mi recamara, y en unos segundos regresó con el matamoscas en la mano, y con toda la calma del mundo me preguntó: -¿Te levantas o te ayudo? Sobra decir que en cuestión de minutos ya estábamos todos contentos en el caminito de la escuela (amo a Cri-cri).
El otro día me encontré en la biblia a alguien que al igual que yo, anhelaba estar gozando de la hermosa rutina que su casa le ofrecía, el apóstol Pablo. Pero no en una casa terrenal, él anhelaba su morada eterna, vivir con su señor y salvador, estaba listo para la eternidad. “Estoy dividido entre dos deseos: quisiera partir y estar con Cristo, lo cual sería mucho mejor para mí; pero por el bien de ustedes, es mejor que siga viviendo.” Filipenses 1:23-24
Todos tenemos ese anhelo de estar en la eternidad con nuestro creador, es un hueco que sentimos en nuestras vidas, el cual desafortunadamente muchas veces malinterpretamos y tratamos de llenar con todo tipo de cosas, pero ese vacío solo puede satisfacerse con una relación exclusiva y personal con Dios.
Hoy te invito a que tomes unos momentos para cultivar esa relación, platica con Dios, cuéntale cómo estuvo tu día, lo que te gustó, lo que no te gustó; comienza a llenar ese vacío que será totalmente satisfecho cuando llegues a casa, a la eternidad con Él.
Feliz lunes.
