¿Cholate o fresa? 🍦

¿Mamá me compras un helado? ¿mamá me compras un helado? -léase con un tono más desesperante- ¿mamá me compras un helado? Ándale mamá, cómprame un helado. Sí, está bien, ahorita vamos. -Esa era la respuesta que daba mi mamá para terminar con la fastidiosa letanía del helado. Y no es que fuera un niño fastidioso, era persistente, que es muy distinto. 😜

¿De qué sabor quieres tu helado? -Era la pregunta que coronaba mi esfuerzo y persistencia por conseguir el helado. Mi respuesta era siempre la misma: “De chocolate, por favor”. ¿Algo más? -preguntaba el vendedor. Generalmente la respuesta de mi mamá era: “No gracias, eso es todo”. 

Ya con el helado en mano, nos sentábamos a disfrutar de la brisa vespertina en un jardín que estaba en la siguiente cuadra, la vida era bella; tenía mi helado, la frescura del jardín, la compañía de mi mamá, los amigos para jugar cuando mi helado se acabara, pero la felicidad se veía interrumpida cuando escuchaba la pregunta: – ¿Me das una probadita de helado? No. -Era mi respuesta automática-, te hubieras comprado el tuyo mamá. Ahora me doy cuenta de que no es que a mi mamá no le gustara el helado, o que estuviera a dieta y solo quisiera un sorbo, era que simplemente la economía familiar no permitía comprar otro helado. 😆

Leyendo en voz alta los párrafos anteriores me doy cuenta de que mi comportamiento como hijo dejó mucho que desear; al menos en lo que refiere a los helados. Y ya entrando en la autocrítica, me puse a pensar y me di cuenta de que todavía muestro ese comportamiento. Ya no es con mi mamá y los helados, pero sí me comporto así con Dios en las ocasiones en las que me pide algo.

La biblia dice: El fiel amor de Dios nunca termina; su compasión no tiene fin, cada mañana se renuevan. Y esa es una verdad que compruebo todos los días, el simple hecho de amanecer es gracias a que Dios me regaló un día más; me da salud, trabajo, una familia, y además soy guapo. 😎 Todo ese amor de Dios lo puedo traducir como: “Cada día Dios me da un delicioso helado de chocolate”.

Pero no soy alguien especial, cada día Dios también te da a ti un “helado”, y es donde entra la pregunta incómoda, ¿qué hacemos cuando Dios nos pide un poco de ese helado? Y eso pasa cuando un amigo te llama para pedir ayuda en un horario inconveniente, o cuando tu esposa te pide que laves los trastes, o tu papá te pide que actualices su celular, o tus hijas quieren jugar a la comidita, o alguien te pide una moneda en el semaforo, o algo más extremo, cuando tu suegra te quiere visitar. ¿Cómo reaccionamos? ¿Estamos dispuestos a compartir nuestro helado?

Ahora que maduré un poco, muy poco,  me he dado cuenta de que los helados saben mejor cuando se comparten, desafortunadamente mi mamá ya no está para compartir un helado, pero Dios sí, y cada día me da la oportunidad de compartirlo con alguien más. Hoy te invito a que compartas con quienes te rodean los helados que Dios te da, te aseguro que esa actitud llenará tu vida de sabor.

Feliz lunes.

1 comentario

  1. Avatar de crananaya crananaya dice:

    Que bonita forma de hacernos ver las cosas que Dios nos regala, gracias por compartir.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario