“Abu, abu.” Eran todas las expresiones, porque no las podemos llamar palabras, que decía nuestra pequeña de ya casi dos años. La verdad nos comenzaba a preocupar que tuviese algún problema del lenguaje, porque todo lo que hacía era estirar su mano para señalar lo que quería, mientras emitía un sonido de “mmm – mmm”, que parecía más un pujido que un intento por hablar.
Como todos buenos, e inútiles padres primerizos, corrimos al pediatra; quien se divirtió mucho con nuestro caso. Su respuesta fue algo como: “la niña ya les tomó la medida, dejen de adivinar qué es lo que les señala y verán como comienza a hablar”. Lo peor fue que, además de la divertida que se dio burlándose de nosotros, también se dio el gusto de cobrarnos. 🤦🏽♂️
Esa tarde comenzamos a poner en práctica la indicación del pediatra y, como por arte de magia, la niña comenzó a intentar hablar. Fue sorprendente el cambio que vimos, en cuestión de un año pasó de solo decir “abu, abu” a decir palabras como Otorrinolaringólogo. 😁 Ok, ok, tal vez estoy exagerando un poco, pero el cambio sí fue radical.
Durante ese proceso investigamos un poco, y aprendimos que los niños de 2 años utilizan entre 100 y 200 palabras, y que para cuando cumplen 3 años, utilizan en promedio 900 palabras, e incluso, ya hasta algunas groserías. 😂 Ok, otra vez exageré. Ya hablando en serio, ese aprendizaje marca una gran diferencia en su vida, repercute en su personalidad y en la forma en la que interactúa con el mundo.
Creo que esta habilidad de aprender cosas nuevas es parte de las características a las que Jesús se refería cuando dijo: El que no reciba el reino de Dios como un niño nunca entrará en él. Si bien el mensaje central puede ser la inocencia, fe, alegría, nobleza y humildad de los niños; creo que también la capacidad de aprender cosas nuevas es una cualidad de los niños a las que Jesús se refería como un requisito para recibir sus bendiciones.
“Perro viejo no aprende trucos nuevos”, es una frase muy común para explicar nuestra conformidad con los hábitos que tenemos, y con nuestras actitudes hacia los demás. Pero Dios piensa todo lo contrario, Dios nos da la capacidad de aprender “nuevos trucos”, es decir, nuevas formas de comunicarnos, nuevos hábitos, nuevas formas de tratar a nuestros semejantes, etc. Y así evitar quedarnos estancados con justificaciones como: “Así hablo yo”, “Si ya saben cómo soy para que me invitan”, y otras muchas de nuestro vasto repertorio de excusas.
Hoy quiero invitarte a que aprendas un “truco nuevo”, es decir, que practiques una nueva y mejor actitud con quienes te rodean, a que aprendas a ser más empático, a ser más amable, a que te aprendas un chiste para contárselo a tu vecino, etc. Ese don de aprendizaje tan característico de los niños es algo que debemos aplicar para “recibir el reino de Dios”.
Feliz lunes.
