¿Te acuerdas cuando en la escuela te dejaron de tarea que pusieras un frijol en un algodón, y debías mantenerlo húmedo? Yo lo recuerdo perfectamente, y no porque hubiese sido todo un éxito, sino todo lo contrario, porque en mi primer intento la semilla no germinó. Después de tres semanas de iniciar el proceso, y no ver resultados, la maestra me preguntó: —¿Cuidas bien tu semillita? ¿Cada cuándo humedeces el algodón? Sí la cuido maestra —respondí confiado en mi trabajo—, todos los días le pongo tres gotitas de agua y reviso la semilla. 🤦🏽♂️
Con razón no funciona —dijo la maestra en un tono algo desesperado—, no debes tocar la semilla, debes dejar que la humedad y el algodón hagan su trabajo. 🤨 Supongo que vio mi cara de incredulidad porque añadió: lo único que puedes hacer es mantenerla húmeda y esperar, debes ser paciente. A regañadientes, y contra todo lo que mi lógica me decía, obedecí a la maestra y me limité a humedecer el algodón y esperar. Para mi sorpresa, unas semanas después apareció un pequeño talló verde entre el algodón, resulta que la maestra tenía razón, lo único que debía hacer era esperar y dejar que la humedad y el algodón hicieran su trabajo.
Algo similar pasa con la forma en la que Dios trabaja, una vez Jesús dijo que su forma de actuar es similar a un hombre que echa una semilla al campo y luego se va a dormir y se olvida de ella, la semilla brota y crece, él no tiene idea cómo sucede, la tierra hace su trabajo sin su ayuda, cuando el grano se ha formado completamente el hombre lo cosecha, es tiempo de cosecha.
Hay situaciones en nuestras vidas que solo Dios puede solucionar, tú puedes trabajar para solucionarlas, tus amigos pueden ayudarte, puedes consultarlo con medio mundo, pero solo Dios es capaz de hacer que las cosas pasen. Y cuando nos enfrentamos a esas circunstancias nuestro papel es similar al que desempeñamos durante la tarea del frijol, solo tenemos que dejarlo en las manos de Dios y ser pacientes para esperar que Él haga lo que nosotros no podemos hacer.
Sin embargo, generalmente actuamos como yo lo hice en la primaria, humedecemos el algodón (le pedimos a Dios que nos ayude), pero luego cometemos el error de “revisar” la semilla, es decir, intervenimos, le metemos la mano para ver si las cosas van fluyendo como nosotros pensamos que deberían fluir, y es ahí donde rompemos el proceso, ya que mientras la semilla esté en tu mano no puede germinar.
Si tienes un problema que parece no tener solución, te invito a que lo siembres en Dios, ponlo en sus manos, riégalo todos los días, pero recuerda, no lo toques; aunque no entiendas, mejor descansa en Dios y confía en que Él hará su parte.
Feliz lunes.
