¿Qué quieres ser cuando seas grande? Es la pregunta que más temes cuando eres un adolescente y no sabes qué quieres estudiar, o peor aún, cuando ni siquiera sabes si es que quieres estudiar. La cosa se pone peliaguda cuando el adolescente en cuestión tiene habilidad innata para alguna actividad en particular, ya sea algo académico, algún talento musical, u otro don que hace que destaque de la manada. Como cuando un niño es hábil para imaginar con gran creatividad realidades alternas, y sus padres le dicen que puede ser un agente de cambio social; entiéndase, un mocoso mentiroso que puede ser político. 🤣
Traigo el tema a colación porque mi hija mayor está por entrar a la preparatoria y la conversación en la casa ha girado en torno a este tema ya por varias semanas. Como buenos padres sobreprotectores que somos, mi esposa y yo hemos sido más que persistentes mostrándole opciones de cosas que puede estudiar, casi casi ya me puedo dedicar a eso de la orientación vocacional.
Sin embargo, hace unos días nos llevamos una gran sorpresa, en una de estas pláticas hicimos la pregunta tabú, ¿ya sabes qué quieres ser cuando seas grande? Sí —nos dijo con mucha confianza. En ese momento a mi esposa y a mí se nos iluminó el rostro, ya que después de mucho insistir por fin teníamos una respuesta, había humo blanco. Con mucha emoción hicimos la pregunta de seguimiento, ¿y qué quieres ser? ¿científica?, ¿médica? ¿abogada?
La respuesta nos dejó fríos, pues con mucha solemnidad nos dijo, “yo cuando sea grande quiero ser feliz”. ¿Qué? 😳 Eso no cuenta, estamos hablando de profesiones —argumenté tratando de regresar la plática al ámbito académico. Además, ¿qué no eres feliz ahora? —pregunté. Sí, sí soy feliz, —respondió mi hija—, pero cuando sea adulta también quiero ser feliz, porque a veces veo que a los adultos se les olvida ser felices. 😮
Su respuesta dio un giro abrupto a nuestra perspectiva, en ese instante caí en cuenta de que lo más importante que podría hacer por mi hija no era ayudarle a elegir una profesión, lo más importante que puedo hacer por ella es mostrarle con mi ejemplo que los adultos podemos ser felices. Ahí es donde la puerca torció el rabo, ¿cómo diantres le hago para ser feliz a pesar de las circunstancias? ¿Por qué los niños son felices y los adultos no siempre lo son?
Dándole vueltas al asunto concluí que los niños son felices cuando se sienten amados. Con razón Jesús dijo que debíamos recibir el reino de Dios como niños, pero no de esos niños berrinchudos, sino como esos niños que se sienten felices porque saben que son eternamente amados. ¿Te sientes eternamente amado? A mí se me olvida con más frecuencia de lo que quisiera reconocer, pero hoy apuntaré eso en el protector de pantalla de mi celular, “soy eternamente amado”. Si con eso no puedo ser feliz, no sé con qué lo seré.
Feliz lunes.
