¿Alguna vez le has preguntado al GPS por una dirección y cuando ves las indicaciones decides que mejor seguirás tu propia ruta? Yo sí lo he hecho, y para muestra un botón; en una ocasión realizamos un viaje familiar a un lugar que ya conocíamos, así que solo puse el GPS para confirmar que mi ruta era la correcta. Para beneplácito de mi ego, el GPS confirmó que tenía razón. 😎
El problema se presentó casi al final del trayecto, cuando en un crucero el GPS me indicó dar vuelta a la izquierda, sin embargo, para seguir la ruta que yo conocía debía dar vuelta a la derecha. En cuestión de segundos decidí que el GPS, todos sus satélites, geo-localizadores, algoritmos y sistemas informáticos no sabían más que yo. Preferí confiar en mi experiencia y seguí por la derecha.
No transcurrieron muchos kilómetros antes de darme cuenta de que la había embarrado, nos encontrábamos en un embotellamiento. 🤦🏻♂️ El aburrimiento y el hambre comenzaba a hacer presa de nosotros, y si has viajado con niños, sabes que solo se requiere un par de minutos para que comiencen a realizar la pregunta que todo conductor aborrece, “¿Ya vamos a llegar?”
Esa experiencia me sirvió como un recordatorio de que cuando consultas a un experto es mejor seguir su consejo, y especialmente cuando ese experto es Dios. Hace unos meses mi esposa y yo estuvimos considerando un cambio de escuela para nuestra hija mayor. Era una decisión que nos quitaba el sueño, pero después de varias semanas de incertidumbre le pedimos a Dios que nos indicara la decisión correcta, ambos sentimos que debíamos cambiarla de escuela.
El problema fue cuando comenzaron las clases, todos sentimos que las cosas no pintaban bien, fue como si el GPS se hubiera equivocado; estuvimos a nada de regresar a lo que ya conocíamos. A pesar de todas nuestras dudas, nos mantuvimos firmes en la decisión que sentimos que Dios nos indicó. Fueron meses complicados, honestamente mi esposa y yo comenzábamos a dudar de haber hecho lo correcto.
Pero hoy todo cobró sentido, después de un semestre muy duro para ella, nuestra hija recibió calificaciones de una de las materias que más le quitaba el sueño, y más allá del número, que fue un diez (no podía dejar de presumirlo), lo más importante fue su actitud, en su rostro había una satisfacción que no habíamos visto en ella en una actividad escolar.
Esta experiencia me dejó en claro que no debo poner a Dios al nivel del GPS; sus indicaciones no son sugerencias que puedo debatir y modificar, habrá momentos en los que parece que Dios se equivocó, pero puedes tener la certeza de que no es así, sus indicaciones son la mejor ruta para la vida.
Feliz lunes.
