No recuerdo por qué lo perseguía, o qué fue lo que me hizo para causar que lo estuviera correteando de esa forma en el patio de la primaria, pero recuerdo que quería darle un buen ma… golpe a Pepito. El problema es que nunca he sido la persona más atlética de la clase, y Pepito estaba en forma y a punto de dejarme atrás y escapar de mi furia. Mi última esperanza era que Pepito tardara en subir el gran escalón del pasillo que dividía los salones del patio de la primaria.
Saqué lo que me quedaba de fuerzas para correr y lanzarme en mi mejor intento de tacleada de la NFL, pero lo único que alcancé fue a darle un empujón que a duras penas lo hizo trastabillar. Sin embargo, ese empujón fue suficiente para que tuviese que apoyarse en la ventana de un salón. El problema es que esto ocurrió en los años 80’s, cuando no había tal cosa como película de seguridad en las ventanas de las escuelas públicas; así que como podrás deducir, el vidrio se rompió causando un estruendo que hizo que todos voltearan.
Pepito inmediatamente comenzó a señalarme y gritar “¡Él me aventó, él me aventó! ¡Fue su culpa! Lo bueno es que el salón estaba vacío, lo que evitó que los vidrios cayeran sobre algún estudiante del salón, sin embargo, no todo fueron buenas noticias, porque cuando volteé a ver a Pepito me percaté que sangraba abundantemente. El maestro corrió a atenderlo e inmediatamente todos los niños de la clase estábamos rodeando a Pepito para ver los borbotones que salían de su muñeca, al parecer Pepito se había rasgado una arteria. 😮
Recuerdo esa imagen del maestro sosteniendo en alto la mano de Pepito y diciéndome con mucha urgencia: “ve por tu papá para que lleve a Pepito al hospital”. A pesar de no ser nada atlético, corrí las tres cuadras de distancia a mi casa en tiempo récord. Honestamente no tengo memoria de cómo le dije a mi papá lo que había pasado, o cuál fue su respuesta, o cuánto se tardó en regresar a casa del hospital.
Lo que sí recuerdo es que durante su ausencia corrían por mi mente pensamientos pesimistas; pensaba cosas como que Pepito perdería su mano y yo terminaría en la cárcel. La preocupación y la culpa me estaban carcomiendo. Mi siguiente recuerdo es de mi papá entrando a la casa, y supongo que me vio muy agobiado, porque en lugar de regañarme, me reconfortó y me dijo que Pepito estaría bien.
¿Por qué te cuento esta historia? Pues por Halloween, ya que resulta que Pepito murió y se convirtió en zombie. 🤣 No te creas, Pues porque ya viene Navidad. Sí, porque ya viene Navidad, y, aunque no lo creas, el objetivo de celebrar Navidad no es recibir regalos, sino recordar que Jesús vino al mundo para responder por todos mis pecados y metidas de pata.
Y ya de paso quiero aprovechar para agradecer, manera educada de decir presumir, porque Dios me dio un papá que siempre estuvo ahí para mí, aún en casos en los que no lo merecía. Eso me facilitó entender la idea de que Dios no es un viejito cascarrabias que está en mi contra, sino un Padre amoroso que está a mi favor.
Hoy me gustaría proponerte que iniciemos esta temporada de fin de año con esta idea en mente, Dios me ama y está de mi lado.
Feliz lunes.
