¿Te acuerdas de esa emoción que sentías cuando encendías la radio y te encontrabas con tu canción favorita? Era algo genial, un gran momento que hacía que el resto del día estuvieras tarareando tu canción con una felicidad a tope. La sustancia que provoca esa reacción en tu cerebro es la dopamina, para los que no la conocen la podemos apodar como el “cartero de la felicidad” en tu cerebro. Cada vez que algo bueno pasa (o crees que pasa), este mensajero químico aparece como un repartidor exprés, lanzándote una pequeña caja de placer.
Y eso era exactamente lo que pasaba con tu canción en la radio, llegaba un paquete de felicidad. Ahora las cosas han cambiado, ya tienes Spotify, Apple Music y otras plataformas que te permiten escuchar tu canción favorita cuando te plazca; y eso es bueno, pero sin duda nos ha robado de esa pequeña entrega de dopamina.
Las generaciones que ya no tienen ni idea de lo que es la radio, así que reciben sus dosis de dopamina de otra forma. ¿Nuevo “me gusta” en Instagram? ¡Zas! Dopamina. ¿Compraste algo en línea que ni sabías que necesitabas? ¡Bam! Dopamina. ¿Le diste al botón de “siguiente capítulo” en lugar de dormir? ¡Dopamina en camino! ¿Tu suegra se muda a otro país? ¡Mega dosis de dopamina! 😂
Podemos decir que la relación entre la dopamina y la gratificación instantánea es básicamente la de una pareja tóxica: te da lo que quieres al instante, te hace sentir increíble por un rato, pero luego te deja con ganas de más… y más… y más. Porque, claro, ¿quién necesita paciencia cuando puedes tener una dosis inmediata de felicidad con solo deslizar un dedo?
El problema es que este cartero no es precisamente generoso. Si te acostumbras a que llegue todo rápido y fácil, empieza a exigir cosas más grandes o frecuentes para darte el mismo nivel de alegría. Básicamente, tu cerebro se convierte en un cliente insaciable que siempre quiere su dosis de satisfacción ahora y sin esfuerzo. Entonces, esas pequeñas cosas que antes eran emocionantes –como terminar un proyecto difíci, disfrutar de una conversación profunda o escuchar tu canción favorita en la radio– empiezan a parecerte aburridas porque, claro, tardan demasiado en “entregarte” la recompensa. Al final, la dopamina y la gratificación instantánea son como un buffet libre de postres: increíble al principio, pero si abusas las consecuencias pueden ser catastróficas.
¿Y a qué viene todo este sermón de la dopamina? Pues porque quiero proponerte que en esta temporada de fin de año le demos un descanso “al repartidor” de esos pequeños y efímeros paquetes de felicidad, y no, no quiero decir que apagues tu celular y hagas un voto de silencio hasta el 2025, o que no participes en ningún intercambio, o que no vayas a ninguna posada.
Lo que quero proponerte es que, en lugar de enfocarnos en conseguir nuestras dosis de dopamina, invirtamos nuestro tu tiempo y esfuerzo en hacer que los demás reciban esas dosis de felicidad. Te aseguro que la recompensa será mejor que una descarga de dopamina, porque haciendo eso comprobaremos lo que Jesús dijo: “Uno es más afortunado cuando da que cuando recibe”. 😉
Feliz lunes.
