Habían pasado más de 5 minutos desde que la empleada le había pedido su orden a la señora, a quien llamaremos doña Lucrecia. Y la verdad 5 minutos no es mucho tiempo, a menos que te encuentres en la fila para ordenar tu café matutino en lo que se supone es una cadena de comida rápida, y que además estés con el tiempo contado para salir corriendo y llegar al trabajo a tiempo.
Doña Lucrecia no se decidía sobre qué ordenar, preguntaba por los ingredientes, que si había leche de almendra, que si las almendras con las que elaboraban la leche eran orgánicas, que si el endulzante contenía fenilalanina, y otra serie de preguntas que comenzaban a desesperar a todos los que estaban en la fila tras de ella. Para colmo, hablaba en un tono monocorde y con la velocidad de nuestro expresidente. Algo como: Quiiiieeerooo, uuun caaafffééé. 😤
La situación era desesperante, parecía que doña Lucrecia estaba por caer en estado de coma. En la fila los murmullos comenzaron con frases como, “es solo ordenar café, no comprar plutonio”, 😂 “ya que se lleve el que sea”, “señora tan indecisa”, y otras más que seguramente podrás imaginarte. Por fin, después de más de 15 minutos, Doña Lucrecia terminó de ordenar su desayuno.
La cajera, ya en un tono algo molesto, le dijo: son $245.00. Todos en la fila pensaron que por fin las cosas iban a fluir con normalidad, pero en ese entonces doña Lucre, como le dicen sus amigos, sacó de su bolsa una buena cantidad de monedas y billetes de baja denominación, los que procedió a contar a la misma velocidad con la que ordenó su desayuno; parecía de esos niños van a la tienda de la esquina y a la hora de pagar sus dulces sacan canicas, rondanas, monedas y hasta piedras de sus bolsas. 😫
En eso, doña Lucre volteó y vio al primo de mi amigo con algo de incomodidad, pues estaba consciente de que todos en la fila ya estaban desesperados. En tono de vergüenza, doña Lucre se disculpó con el primo de mi amigo, le dijo: “Perdón señor, por lo general no soy así, pero estuve toda la semana en el hospital de enfrente y en un ratito me voy a llevar a casa a mi hija. Terminó sus dosis de quimioterapia y el diagnóstico es muy desfavorable; así que estoy tratando de comprarle un desayuno que no le haga daño o que no vomite al instante”. 😳 El primo de mi amigo no pudo más que hacerle una seña a la cajera para decirle que él pagaba el desayuno de doña Lucre, pues era lo menos que podía hacer para sentirse menos culpable.
¿Por qué te cuento esta historia? Porque cuando la escuché en este podcast, supe exactamente cuál sería mi objetivo de este año, “escuchar más y juzgar menos”, porque una vez que escuchas y conoces a alguien, es fácil ser empático. Por cierto, ¿cuál será tu objetivo para este año?
Feliz lunes.
