Todavía recuerdo cuando mi hija más grande tenía un año, era cachetona, risueña y experta en lanzar papillas a la velocidad de la luz. Pero aunque parecía una máquina de ternura descontrolada, tenía una regla muy clara: solo dormía si tenía a su peluche, la inseparable Abejita.
Todo comenzó una noche, mientras todos intentábamos dormir y mi hija berreaba como si le hubieran escondido el biberón en la Antártida; en ese momento mi esposa tuvo la brillante idea de dejarle a Abejita en la cuna. ¡Milagro celestial! La bebé se calmó al instante, abrazó a Abejita como si fuera una dona de chocolate, y se quedó dormida con una sonrisa indescriptible. 😮💨
Desde entonces, Abejita se volvió la heroína no oficial de la familia. Cada vez que mi hija lloraba, se activaba el “Protocolo Abejita”: luces encendidas, papá corriendo con el peluche, mamá tarareando la “Abejita dormilona” (inventada en un estado de desesperación), y el perro ladrando porque también quería ser parte del show.
La primera vez que Abejita desapareció por accidente —eso dije para justificar que la había metido en la lavadora junto con unos calcetines sospechosamente malolientes—, mi hija entró en modo “alarma nacional”. Hubo llanto, gritos, pataleo, y un momento en que parecía que hablaba en lenguas antiguas. Nada, ni leche tibia, ni canciones de cuna, ni maratón de baile improvisado de mamá surtieron efecto. Abejita o nada. Desde entonces, todos supimos que en esta casa, si Abejita no está, nadie duerme.
Abejita no era un peluche excepcional; era un peluche demasiado ordinario; tenía un ala más grande que la otra, ojos que miraban pa’ lados opuestos y un zumbido falso incorporado que sonaba como una licuadora con hipo. Pero para mi hija, Abejita era lo máximo; y en una noche de llanto yo hubiese pagado miles por tenerla a la mano.
El resto de la familia llegamos a amar a Abejita, y como ya lo dije, no porque fuera un peluche excepcionalmente bello o con alguna cualidad que le hiciera destacar del resto de los peluches, nuestro amor no se basaba en ninguno de sus atributos, nuestro amor por Abejita se basaba única y exclusivamente en el valor que mi hija le había conferido
Esta historia de Abejita, y el hecho de que ya se acercan las vacaciones de semana santa… perdón, los días de reflexión e introspección, 😁 me recordaron el amor que Dios tiene por nosotros, y del valor que eso nos da. No importa que seamos comunes y silvestres, recuerda que nuestro valor no va en función de nuestros logros o cualidades, sino en el valor que el amor de Dios nos ha conferido. Y es tan grande, y nos hace tan valiosos, que Jesús vino a pagar el precio con su vida para que pudiéramos tener una relación eterna con Él. Así ya sabes, vales millones. 😎
Feliz lunes.
