Panchita estaba parada frente a la despensa con una manzana en una mano y tres monedas en la otra. Era lunes, 7:03 a.m., y Jacobo, o Jacobito —como le decía de cariño a su hijo de 14 años—, acababa de gritar desde su cuarto: “¿Hoy me mandas lunch o me das plata?”
La pregunta de cada mañana. 🤦🏻♂️
Si le mandaba lunch, Jacobo hacía relucir sus dotes de adolescente y se quejaba: que el pan está seco, que otra vez atún no, que los otros llevan papas y soda, mamá, ¡zanahorias no!
Pero si le daba dinero… terminaba comiendo frituras, refresco y dos donas; puros alimentos con los tres sellitos del mal. Una dieta de diabetes exprés. 😂
—¡Decídete, mamá, que se me hace tarde!
Panchita suspiró. Pensó en la buena alimentación de su hijo y en la repercusión que eso conlleva para su salud. Acto seguido, también pensó en los 20 minutos extra que podría dormir si le daba el dinero y ya. Sería más fácil. Más rápido. Más práctico. No se diga más, 20 minutos de sueño adicionales lo valen.
Pero entonces se imaginó a Jacobo, a las 11:45 a.m., en una fila eterna, eligiendo lo menos malo de la tienda. Comiendo a las carreras, rodeado de envoltorios, con comida más procesada que las sandalias que llevaba puestas.
No. Panchita no podía permitir eso. Él aún no sabía lo que era bueno para él. Ella sí. Y eso era, al fin y al cabo, ser madre.
Con determinación, sacó el tupper más grande. Pensó en armar un lunch como Dios manda: pan de centeno tostado, pavo, lechuga crujiente, queso del bueno, jitomate, y para botanear unas zanahorias baby (aunque sabía que Jacobo protestaría) y una galleta casera. Y para cerrar con broche de oro, una notita: “Tal vez no te guste, pero esto es amor envuelto en pan. Y sí, viene con zanahorias.”
Pero oh sorpresa, en la despensa no había más que pan de cebada y unos pececillos; 🤣 así que, con toda resignación, Panchita se dispuso a armar el lunch lo mejor que pudo, y para lo único que sí alcanzó fue para la notita: “Es poco, pero es con todo mi amor”.
Jacobo ni por enterado se dio de lo que llevaba el lunch, sino hasta que Andrés preguntó —¿Alguien trae algo de comida que le podamos ofrecer a Jesús? En ese instante Jacobo reaccionó y, sin pensarlo dos veces, le dio su lonchera a Andres. El resto es historia, Jesús alimentó a más de cinco mil hombres con ese lunch.
¿Te imaginas la reacción de Panchita cuando Jacobo le contó lo que había pasado con su lunch? A partir de ese día todo cambió para Panchita y Jacobo, desde ese entonces pusieron especial atención a las “cosas pequeñas” de la vida, porque nunca sabes cuando Jesús las va a transformar en algo fenomenal. 😎
Feliz lunes.
