El día estuvo más que ocupado, qué digo el día, la semana. Siendo honestos todo lo que va del año ha sido así, una aventura que no me ha dado tiempo ni de respirar. Muchas cosas en el trabajo, y las cosas en la casa también han sido frenéticas, ha pasado de todo. Cosas buenas y otras no tanto.
Por ejemplo, esta mañana empezó como empiezan casi todas: con el despertador sonando cuando yo ya iba tarde para preparar a mi hija para ir a la primaria. Me levanté con prisa, revisé el celular “solo para ver la hora” y, misteriosamente, veinte minutos después estaba leyendo un hilo larguísimo sobre por qué ya no hacen los cereales como antes. 🤦🏻♂️
Mientras me ponía los zapatos, mi mente iba a mil por hora: pendientes del trabajo, cosas de la casa, mensajes sin contestar, pagos que seguro ya había hecho (pero mejor revisar), y esa sensación constante de que algo importante se me estaba olvidando. No sabía qué era, pero mi sentido de la responsabilidad decía que sí.
Intenté sentarme un momento para no hacer nada, pero no pude. Abrí la computadora, luego el celular, luego volví a cerrar la computadora porque recordé algo del celular. Nuestra perrita necesitaba salir, el correo seguía llegando y el día apenas empezaba. Estaba literalmente abrumado, pero eso sí, siendo super productivo. Ahhhhh, alguien que le ponga pausa a esto de la vida. 😩
Y todo eso para justificarme… perdón, explicarte porque la semana pasada no hubo post, al igual que hoy, la vida me comió. Eso me hizo recordar una frase de C. S. Lewis en Cartas del diablo a su sobrino: “No hace falta que el demonio haga grandes cosas; basta con mantenerlos distraídos.”
Y ahí me cayó el veinte. El problema no era que estuviera haciendo algo malo. No estaba pecando gravemente, ni planeando dominar el mundo, ni nada por el estilo, no domino ni mis pensamientos, menos el mundo. 😁 Solo estaba… ocupado. Ridículamente ocupado. Tan ocupado que no tenía tiempo para lo verdaderamente importante.
Y es cierto, el enemigo no tiene que convencerme para convertirme en un satánico declarado; solo me dio una agenda llena, un celular cargado y la sensación constante de urgencia. Y funcionó.
Así que cerré aplicaciones, puse el teléfono boca abajo y respiré profundo. Tal vez no logré la escena perfecta de calma y enfoque, pero al menos entendí algo: muchas veces no necesito menos cosas que hacer, sino menos distracciones. Porque cuando vivimos siempre ocupados, corremos el riesgo de estar muy activos… pero completamente ausentes.
Así que ya sabes, la próxima vez que estés tan ocupado haciendo “cosas buenas”, aseguráte de que estés “corriendo” en la dirección correcta, no sea que solo estés cayendo en la trampa del enemigo de mantenerte ocupado.
Feliz lunes.
