¿Cuándo fue la última vez que olvidaste algo? La mía fue ayer, se me olvidó que era lunes y que al aparecer escribo un blog que sale los lunes. 😂 En mi defensa puedo alegar que todo se originó por ser un día feriado, ya que la rutina se sintió más como un sábado de cenicienta y eso me llevó a desentenderme de esa actividad. Lo primero que pensé fue en la decepción de los 13,538 lectores que no tendrían sus cinco minutos milky way al leer el blog, y honestamente eso me hizo sentir un poco culpable. Pero, acto seguido recordé que no soy el ombligo del mundo y que, sin importar cuanto crea yo lo contrario, la vida continua con toda regularidad cuando no escribo un post los lunes.
Lo que definitivamente no se me olvidó ayer fue comer, le entré con gusto al almuerzo y ni qué decir a la hora de la comida, porque cuando estás en la casa siempre se come más rico que cuando tienes que comer en el trabajo, y todos los lectores godinez que llevan su tupper al trabajo podrán atestiguar que tengo razón.
Pero ¿qué tiene que ver eso de la tragazón con olvidar escribir el blog? A simple vista, nada, peeeero, si estiramos un poco la liga, podemos decir que tienen todo que ver, porque no olvidamos las cosas a las que le damos valor, o las que consideramos indispensables. El valor que le asignamos a las cosas determina nuestra prioridad en el reloj. Olvidar el post fue un síntoma de que mi mente estaba en “modo pausa”, pero mi estómago, ese nunca entra en huelga 😬 porque la necesidad física es un recordatorio constante e implacable.
Sin embargo, esta pequeña amnesia logística me hizo reflexionar sobre algo mucho más profundo y, admitámoslo, un poco más serio: ¿Cuántas veces dejamos a Dios en el asiento trasero de nuestra rutina solo porque no ruge como un estómago vacío?
A veces tratamos nuestra relación con el Creador como si fuera ese blog que se nos olvidó escribir: algo bueno, algo que disfrutamos, pero que ante el primer día feriado o cambio de planes, queda relegado al “ya lo haré mañana”. Le damos un valor teórico altísimo, pero en la práctica, lo gestionamos como una actividad opcional.
Si somos honestos, nos hemos vuelto expertos en ser “creyentes de tupper”: llevamos nuestra fe en un recipiente pequeño, recalentándola solo cuando tenemos un espacio en la oficina o cuando el hambre de consuelo aprieta. Pero la relación con Dios no es el postre de la vida; es el banquete principal.
Al final del día, que se me pase una fecha en el calendario es un error humano y perdonable. Pero vivir olvidando que somos creación dependiente de un Padre amoroso es como intentar correr un maratón sin haber desayunado nunca. No permitas que el ruido de lo cotidiano, o el silencio de un día de descanso, te haga desentenderte de la conexión más importante de tu existencia. 😉
Feliz lunes/martes
