La semana pasada dimos por inaugurada la temporada de fin de año en este blog. Ya estamos en modo “Viva la navidad y vengan los regalos”. Bueno no, quedamos que esta temporada no se trata de los regalos sino de recordar la razón que dio origen a la navidad, la cual es que Jesús vino al mundo para hacerse cargo de todas nuestras metidas de pata y así restaurar nuestra relación con Dios.
La anécdota que utilicé para ejemplificar esto fue un incidente que tuve en la escuela primaria con mi compañero Pepito, y cómo fue que mi papá estuvo ahí para hacerse responsable de las consecuencias de mis errores. Revivir esa historia de mi infancia fue algo que me trajo buenos recuerdos, me hizo consciente de lo lindo que es sentirse amado, tanto por Dios como por mi papá, por lo que puedo decir que escribir ese post fue todo un placer.
Cuando terminé de escribir el blog mi hija menor me preguntó sobre qué tema había escrito, a lo que le respondí: —no te voy a contar, prefiero que lo leas y me des tu opinión. Mi intención, además de que mi hija se durmiera rápido para poder ver los últimos minutos del partido de fútbol americano, era que mi hija entendiera por sí misma la verdadera importancia de la navidad.
El resultado fue algo que no vi venir, fue el típico: “como lo vi en internet, y como me salió a mí.” La expectativa era sembrar en mi hija esa convicción de que Dios nos ama y siempre está a nuestro favor, sin embargo, las cosas tomaron otro rumbo. Al día siguiente, cuando regresé de trabajar, mi hija me dijo: —ya leí el blog. Inmediatamente noté que había algo raro en su tono de voz, así que sin dudarlo hice la clásica pregunta de seguimiento: —¿y qué te pareció?
Y en lugar comenzar con los bien merecidos cumplidos para su guapo, inteligente y humilde padre, o sea yo, 😂 lo que hizo fue preguntarme con una solemnidad aterradora: ¿Esa historia es cierta o solo te la inventaste para el blog? 😳 En ese instante me di cuenta de que estaba en problemas, se avecinaba una de esas conversaciones en las que tu hija termina educándote; mi respuesta fue concisa y directa: sí, fue verdad —dije, esperando que ahí terminara la conversación.
Quisiera tener la habilidad para poder describir la cara que puso mi hija, fue una mezcla de incredulidad, decepción, enojo, sorpresa, confusión. Acto seguido, comenzó a bombardearme con una serie de preguntas, como: ¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo fuiste capaz? ¿Y qué le pasó a Pepito? ¿no pensaste que pudiste ocasionar un accidente muy grave? etc, etc. Responder a sus preguntas me recordó que fácilmente calificaba como el peor niño del mundo.
Esta escena me hizo darme cuenta de otra cosa que quiero tener presente en esta temporada de fin de año: cuando Dios me perdona, olvida mis faltas; no me guarda rencor, y no lleva un registro de mis fallas. Además de saber que soy perdonado, también soy libre de cualquier culpa o reproche; eso sí que es un gran regalo de navidad. 😉
Feliz lunes.
